Se agradece que la industria del cine (es un decir), siga creando terror español, género muy presente en su identidad (recordemos la gran Profilmes, entre otros impulsores). Ahora, Álex de la Iglesia y Carolina Bang han tomado el testigo con su sello The Fear Collection, del que esta Anatema (Jimina Sabadú), con guión de Elio Quiroga y de la propia directora, es la tercera entrega.
Por supuesto que pocos pueden escapar a las influencias y estilos de su época, pero también aquí agradecemos a la película que se esfuerce por entroncar con las venas del fantaterror (en sentido amplio) español, con referencias, por ejemplo a La torre de los siete jorobados (de Carrere, adaptada luego por Neville). Realmente la genealogía de leyendas, personajes mitológicos, crímenes y horrores hispanos daría materia e ideas para una producción extensa.

Se inicia la película con un buen prólogo, de ritmo sincopado y elíptico, en el que se plantea el origen de personajes y situaciones que luego veremos, sembrándonos la semilla de la inquietud, pero sin revelar lo que vendrá. Luego, tras unos créditos con un punto de originalidad, se desarrolla la película con una estructura ordenada y solvente: hechos desencadenantes de la historia, reclutamiento y preparación de los héroes, primera gran batalla, traición a los héroes, gran amenaza de derrota, batalla final y coda.
La obra cuenta con buenos personajes protagonistas, verosímiles y bien interpretados. En especial destacan (pero esta materia parece cuestión de gustos) la protagonista, Leonor Watling, sobria, seca a veces como corresponde a una monja, también frágil en otros momentos, y el gran personaje del obispo. Buenos secundarios también, con pequeñas interpretaciones que sirven de contrapunto simpático o humorístico.
Anatema (Jimina Sabadú), el origen del mal
Si nos centramos en lo terrorífico externo, Anatema (Jimina Sabadú) nos presenta unas figuras inquietantes, no monstruos en abstracto sino seres relacionados con los horrores ocurridos en otros tiempos (buena la referencia simbólica a los cordones umbilicales…). Seres de concepto perturbador y apariciones de un efectismo muy logrado (si bien soy lego en materia de efectos, me lo creo todo siempre que no me parezca hecho por ordenador).
En cuanto a lo que considero principal, la historia misma, sin duda la trama que Quiroga y Sabadú nos presentan atrapa al espectador de manera convincente. Me refiero, la leyenda en sí misma, el conflicto planteado, el origen del mal en el sufrimiento, la maqueta de la iglesia… Pero hay que referirse, además, a los múltiples niveles que se encuentran implicados: problemas biográficos que los personajes habrán de resolver, toques sociales adecuados pero sin llegar a fastidiar, críticas a la hipocresía moral de otros tiempos, el papel jugado por la guerra civil… A lo que se añaden cuestiones religiosas e incluso (referencia poco aclarada) de sus predecesores cultos ancestrales… Todo ello aporta una cierta densidad, una complejidad de planos que fortalece la película.
¿Un punto débil del argumento? La resolución final se da de manera que se nos antoja de poca entidad, en comparación con la magnitud del conflicto planteado, si bien el carácter emotivo del acto le aporta una mayor envergadura…
Ambientación y naturalidad
Es un acierto, en el que habría que insistir, toda la ambientación realista, natural y reconocible en las dos épocas presentadas, pero sin caer en el sainete ni en el chiste autorreferencial, sino de forma equilibrada. Los acentos de cada cual, el habla natural y coloquial, las formas de comportarse, las fiestas, las calles y los bares por donde hemos andado… Eso enriquece y ancla la ficción a la vida real en lugar de mantenerla en el limbo de lo abstracto peliculero (aunque sabemos que para algunos, todo lo que no esté en Chicago o Denver es «costumbrismo cañí»). Y sobre esta base firme en la vida real, la ficción y aun la fantasía resultan más creíbles.
Otro aspecto positivo es que el contexto religioso sea presentado de manera realista y normal, tal y como lo viven las personas (primeras comuniones con su posterior merienda en la que muchos podrán reconocerse, etc…) sin el, parece que infaltable, tono paródico para dárselas de progre, ni la pura ridiculización que suele verse en la ficción protestante. Pero no se piense que por esa naturalidad en la presentación faltan diversas pullas críticas, cuando los aspectos retrógrados así lo merecen.
En conjunto, Anatema (Jimina Sabadú) es una película que se ve con gusto, con interés sostenido, y que te deja otra perspectiva más oscura sobre las calles y los subterráneos de Madrid… Solo cabe lamentar el ancestral menosprecio de las jerarquías cinematográficas hacia los géneros. Que sin embargo acaban por ser los más gratificantes y buscados por el público.